El ritual de juntarse a ver un programa de televisión es, a simple vista, una costumbre de la década pasada. Ocurrió con Lost, incluso con el final de un clásico como Seinfeld en 1998, los fanáticos se reunieron en Times Square para poder ver el último episodio.

No es habitual en tiempos donde predomina el on demand y el poder del televidente para decidir cuándo, dónde y en qué medida seguir sus shows preferidos, que millones de personas alrededor del mundo esperaran frente a una pantalla que sean las diez de la noche cada domingo por los últimos ocho años.

Eso convirtió a Game of Thrones en un evento televisivo, en una cita obligada frente al televisor una vez por semana.

De hecho, este último dominGoT el final de la serie consiguió 19.3 millones de espectadores, el mayor rating en la historia de HBO.

Y si los domingos fueron el mejor día de la semana, los lunes fueron por excelencia los días de debate, intercambio y batalla de memes en redes sociales. Ayer fue trending topic a nivel mundial en Twitter, y fue la propia red social la encargada de darnos algunos datos del comportamiento de los usuarios anoche.

En 2019, fueron 100 millones de tuits dedicados a la serie de HBO y la red social compartió un video en el que se ven las ciudades que más hablaron anoche del cierre de la serie.

https://twitter.com/TwitterLatAm/status/1130532815450329088

Los fanáticos esperábamos y hasta reclamábamos la reunión entre Jon y su lobo huargo Ghost, y anoche 100 mil personas lo celebraron en Twitter:

Nueve años, ocho temporadas y 73 episodios. Fue la serie más premiada de Estados Unidos, al alcanzar 47 premios Emmy.

¿Son estas las únicas razones por las que GoT fue una de las mejores series de la historia de la televisión? Claro que no.

Guerras, familias enfrentadas por siglos, drama, acción, traiciones, poder, política, rosca, todo tipo de muertes, misterio, héroes y villanos. ¡Todo esto sin mencionar a los dragones y los white walkers!

¿Volveremos a ver en televisión el despliegue de batallas y enfrentamientos que GoT nos regaló?

La tirana más querida, muerta en manos de su amor y asesino. En GoT nada fue negro o blanco.

La batalla de Blackwater en la segunda temporada; la de los bastardos, filmada en 25 días con 500 extras, caballos y un mar de gente que parecía tragarse a Jon Snow; la masacre de Hardhome en la quinta; la batalla de Castle Black; la toma de Astapor; la Boda Roja en la tercera temporada; el último episodio de la sexta temporada fue quizás uno de los más recordados por los fanáticos: el Gran Septo de Baelor se tiñó de verde con la venganza al por mayor de Cersei Lannister y la explosión de fuego valyrio que se cargó a decenas de personas. Y, por supuesto, la batalla de la larga noche en la última temporada, que demandó 55 días de filmación y unos 15 millones de dólares de presupuesto.

Hay un punto que todos los fanáticos de GoT supimos valorar de esta historia basada en los libros de George R.R. Martin, y tiene que ver con el trabajo de los creadores David Benioff y D. B. Weiss y la capacidad de todo el equipo para llevar esos universos fantásticos a un lenguaje audiovisual tan fabuloso.

Las primeras seis temporadas (si nos ponemos algo exigentes con las últimas dos) nos invadió con la fabulosa sensación de no tener demasiadas certezas de qué ocurriría con cada personaje a medida que la trama avanzaba.

“Matan a todos los personajes”, fue una frase que se dijo más de una vez al referirse a la serie, y eso fue algo que la distinguió del resto. La trama fue siempre más importante que la empatía que podía generar cualquiera de los protagonistas.

El casting coral y la importancia que se le dio a cada una de las historias no sólo le imprimió una complejidad digna de cuadro sinóptico para lograr comprender todas las tramas y subtramas, sino que además permitió mostrar las capacidades de los actores y la genialidad de G.R.R. Martin a la hora de darle un arco narrativo (un término que nos cansamos de leer en redes sociales esta temporada) más que digno a cada personaje principal o secundario.

Seguramente aquellos que no fueron tentados por la temática de GoT esgrimiendo que no les atraen los relatos fantásticos, se quedaron en lo superficial y estético del producto. DRACARYS A TODOS ELLOS.

Game of Thrones fue mucho más que dragones, lobos huargo, mamuts, gigantes y caminantes blancos.

La trama política fue quizás la mayor característica del show. Así como en la coyuntura de cada país las internas, los acuerdos y las alianzas suceden en las sombras, con GoT aprendimos a prestar atención a cada diálogo, cada guiño y cada movimiento de las casas que se disputaron el poder de los Siete Reinos durante las ocho temporadas.

La esclavitud, el abolicionismo, la lealtad entre familias, los rumores infundados, la permanencia en el poder, la sed por reinar, la venganza por traiciones sin fecha de vencimiento, fueron sólo algunos de los temas que se pusieron sobre la mesa en la serie estrella de HBO.

Y es quizás esa puja por el poder y por el famoso trono de hierro (derretido por Drogon en el último episodio para vengar la muerte de su madre, Danaerys) la que logró que no haya personajes buenos o malos, todos (salvo excepciones) en algún momento estuvieron de un lado y del otro del bien.

Final épico para el trono más disputado de la historia de la tevé.

Los showrunners nos engañaron más de una vez, y está muy bien.

Empatizamos con personajes que creímos honorables y terminaron tentados por el poder y la tiranía. Porque todos compramos a la Danaerys políticamente correcta, rompedora de cadenas, madre de dragones, y pocos anticiparon su paso al lado oscuro (si se me permite el cruce de universos fantásticos con Star Wars). Incluso alguna vez nos ilusionamos, incrédulos, creyendo que existía un resto de humanidad y ternura en Cersei.

Game of Thrones no sólo ganó millones de fanáticos (y de dólares) en todo el mundo, ganó también la batalla de la televisión tradicional que muchos pretenden velar, por sobre el excesivamente alabado consumo on demand.