Tino, Yolanda, Gemma, David y Oscar (enseguida reemplazado por Frank): Los Parchís, cinco niños españoles que sin conocerse de antes conformaron un grupo musical infantil a principios de la década del 80 con un éxito tal que los llevaría a hacer dobles funciones diarias de recital más una presentación en un circo en nuestra Mar del Plata, presentarse nada más y nada menos que en el Madison Square Garden neoyorquino o cantar en el Estadio Azteca del D.F. mexicano ante la friolera de 100 mil personas, por citar tres ejemplos al azar.

Tamaña historia necesitaba ser retratada en un documental, y mucho más en estos tiempos donde vía Netflix la “retromanía” (Simon Reynolds dixit) manda junto a los docu ficciones (la mayoría de estos registros que se ven a través de la plataforma de streaming son autorizados y pasaron por el filtro de los protagonistas o sus herederos, por lo que suelen presentar un recuerdo bastante lavado de la realidad). Y así es que con la dirección de Daniel Arasanz y la producción de In Edit (primera incursión de la marca que gestiona desde hace años un festival de documentales de música en Barcelona, que también supo tener su edición porteña) desde el 10 de julio ya se puede ver Parchís: El documental. Un largometraje que volvió a poner en el tapete, para aquellos que están pisando los cincuenta años de edad, a las canciones que cantaban en su más tierna infancia, y analizar con el tiempo como aliado a un grupo que fue más que eso (en algún momento se lo define, con certeza, como un fenómeno social).

La película alterna buenas y malas. Entre las primeras están las revelaciones: cinco niños que giraban por Hispanoamérica sin sus padres y con un tutor a cargo (Joaquín Oristrell, primo de Yolanda) al que luego se le sumó una maestra, para que no perdieran sus grados de escolaridad (muchas veces, según cuenta David, esto igual se dio). Niños cuyas travesuras eran robar golosinas en los quioscos, pedir caviar en el room service de los hoteles para luego no comerlo o tirar sillas de las habitaciones al vacío, en una versión infantil de los cuartos que Led Zeppelin destrozaba en sus giras. Niños que se transformaban en adolescentes y vivían su despertar sexual, en algunos casos como rock stars (niñas y sus madres que intentaban seducir a Tino) o con peligro de pedofilia (el testimonio de Yolanda al respecto es conmovedor). Y una compañía discográfica que vio en Parchís una mina de oro y la saqueó como tal: por primera vez los que les cantaban a los chicos tenían su edad, por lo que la identificación era inmediata.

Entre las malas hay que hacer mención a varios puntos. Primero y principal una narración cinematográfica confusa, más que nada al momento de contar como la discográfica Belter se presentó en quiebra para impedir que la banda firmara un contrato con Disney y, de esa forma, conquistara de manera definitiva a los Estados Unidos, más allá de la pata hispana de su mercado, y de esta forma les adeudara para siempre una millonada de dinero en concepto de regalías. También, ante los testimonios del quinteto sobre la ausencia de sus padres, no está la contrapartida: más allá de que los tiempos cambiaron y hoy sería impensable que un conjunto de niños no estuviera acompañado, escuchar el porqué de la falta de sus mayores hubiese enriquecido el relato. Todo eso hace que el villano de la historia termine siendo Tino, que al ser el más grande de los cinco, abandona el barco para embarcarse en lo que prometía ser una exitosa carrera como solista, que se vio truncada por su ingreso al servicio militar. Tino fue reemplazado por Chus, pero nada volvió a ser lo mismo. Y por último, más allá de ciertos secretos develados en función a las grabaciones de sus discos, no hay referencia alguna a quienes grababan como sesionistas y a la elección de sus versiones. Porque, y esto hay que decirlo, Parchís fue un extraordinario grupo de covers. Bob Dylan, Village People, Tequila, Bee Gees y Laura Branigan, entre otros, fueron cantados en castellano por los chicos con una maestría sin igual, tanto desde las traducciones al castellano como desde la ejecución vocal e instrumental. Esa excelencia fue una de las claves de su suceso, y un ejemplo a seguir para quienes vinieron detrás de ellos a la hora de concebir productos infantiles similares. Aunque, claro, al sonar el “Twist del colegio” todo reproche se olvida, tanto para ellos como para nosotros. ¿Se viene un revival de Parchís de la misma forma que ocurrió con Luis Miguel? Si así sucede estaremos ante un acto de justicia ante las fichas rojas, azules, amarillas y verdes de nuestra infancia sin olvidar, claro está, al dado.

Acá también pueden escuchar la Clase Magistral que hice en Borderperiodismo radio, por Radio Nacional (sábados de 7 a 10) sobre las mejores adaptaciones musicales el grupo.

Una clase magistral sobre los Parchís