“Me gusta pensar que las películas buenas soportan el spoiler y las malas no. Que una película que tiene un trailer bueno es mala, y una que tiene un trailer malo, es muy probable que sea genial”. La frase de Fabián Casas es excelente, y es una crítica a la histeria de estos tiempos de descubrir algo relacionado a la trama de una película o una serie. El hecho de que, hoy, la mayoría de las veces la visión de un acontecimiento no sea en simultáneo o en vivo y en directo (los deportes y las elecciones pueden ser excepciones que confirman esta regla) hace que las personas deban estar cuidándose de develar anécdotas que no hacen a lo bueno o lo malo de una historia. Ahí está Romeo y Julieta de Shakesperare: fue escrita en el Siglo XVI y todos conocemos el final. Sin embargo, es casi sin discusiones la mejor y más conocida tragedia teatral de todos los tiempos. El cómo se llega a equis desenlace siempre es más importante que el final.

“Me encanta el cine. Te encanta el cine. Es el viaje de descubrir una historia por primera vez. Estoy encantado de estar aquí en Cannes para compartir Once Upon A Time… In Hollywood con la audiencia del festival. El elenco y el equipo han trabajado duro para crear algo original, y sólo les pido a todos que eviten revelar cualquier cosa que impida que las audiencias posteriores experimenten la película de la misma manera. Gracias”. Esta fue la carta abierta que Quentin Tarantino difundió a la prensa antes de la premiere mundial de su novena película en la edición 2019 del Festival de Cine galo, el más importante del mundo. Y, por una vez, hay que contradecir a Casas y darle la derecha a Tarantino: develar ciertas cuestiones de este film atentan contra la experiencia de ir al cine a verlo. Entonces, ahí está el desafío para la reseña: intentar contar, hasta donde se pueda, la película.

Lo primero que hay que decir es que Había una vez… en Hollywood es una suerte de antología de todas las películas de Tarantino. Están los diálogos ingeniosos en clave pop, la violencia que lleva a la carcajada sin culpa, la música pop como un personaje más, la destreza de los planos sin cortes, el montaje paralelo manejado de forma magistral: todo lo que uno espera ver del director. Pero, en este caso, hay escenas que dialogan con sus films anteriores. No es descabellado relacionar la charla entre la nena y Leonardo Di Caprio en el set de un western con la de Uma Thruman y John Travolta en Pulp Fiction: las dos figuras femeninas charlan con el hombre en cuestión acerca de lo que ellos mejor hacen (Travolta bailar, Di Caprio actuar), para que después ambos descollen en su especialidad. Tampoco es un delirio que la escena en la que Brad Pitt entra a la casilla donde se filmaban películas en medio del desierto tenga una tensión similar a la del strudel de Bastardos sin gloria, más allá de que el plano final de resolución sea un tributo absoluto a cualquier gran película de vaqueros que se precie de tal.

Pero sí hay dos elementos para tener en cuenta, y que no están relacionados con lo anterior: el primero es que falta la venganza, cualidad que poseen casi todas las películas de Tarantino. Y el segundo es que, más allá de la nostalgia por una era que ya no es en la Meca del cine, toda la película respira un aire crepuscular. En la toma donde suena la versión de “California Dreaming” interpretada por José Feliciano (era claro que un melómano como Tarantino no iba a poner el original de The Mamas & The Papas) anochece en Los Angeles, y la alegoría es clarísima: si Tarantino siempre dijo que iba a filmar diez películas y se iba a retirar del cine, acá empieza a hacer que lo empecemos a extrañar antes de tiempo.

La recreación de Hollywwod en 1969 en la previa de los asesinatos del Clan Manson es perfecta, y el calificativo no es una hipérbole: no hay detalle que no haya sido recreado para que pensemos que esa ciudad no fue así como se la ve en la pantalla grande. Y en cuanto a las actuaciones, el tándem Di Caprio / Pitt conforman la amistad más férrea que haya escrito Tarantino, superando a Samuel Jackson y Travolta en Pulp Fiction (Di Caprio, que interpreta varios papeles, es un candidato de fierro al Oscar como Mejor Actor Protagónico, lo mismo que Pitt como Mejor Actor de Reparto y Tarantino como Mejor Director y Mejor Guión Original). Margot Robbie es impecable como Sharon Tate, lo mismo que Al Pacino en su papel de productor cinematográfico.

“Hay acontecimientos que son reales pero que se disuelven cuando tratamos de relacionarlos con los monumentos -guerras, elecciones, proyectos de obras públicas, universidades, leyes, prisiones- con los cuales construimos nuestra historia”. Esta frase de Greil Marcus, de su libro El basurero de la historia (2012), aplica de forma impecable a Había una vez… en Hollywood. Tarantino, una vez más, bucea en el Lado B de una época y, tal como decía Nietzsche, desmitifica la idea de causa y efecto para llevarla a un continuum en el que aísla un fragmento para su propia conveniencia. En este caso, contar una historia a su propio gusto y placer. Por eso, las críticas a su película desde el lado feminista (la ridiculez de que el personaje de Robbie no tiene muchas líneas de diálogo) o desde una posición reaccionaria (la supuesta vuelta a los valores de los Estados Unidos de los años 50 al ridiculizar a los hippies) son un error. Esas críticas olvidan que, en el fondo, Tarantino es un punk que escapa a la corrección política. Por eso esperamos que su próxima película, la décima, no sea la última de una filmografía extraordinaria. Porque, muchas veces, los punks también lo son por romper con sus promesas.