«The Last Dance», o «El último baile». Ese fue el título de la carpeta motivacional que Phil Jackson, el entrenador de los Chicago Bulls, les entregó a sus jugadores al inicio de la temporada 1997/98. La metáfora era clara: por diferencias con Jerry Krause, gerente de la franquicia, Jackson tenía claro que esa iba a ser la última oportunidad en la que iba a dirigir a Michael Jordan, Scotie Pippen y Dennis Rodman, por citar a los tres jugadores más emblemáticos del equipo. Y el objetivo también era claro: completar el segundo tricampeonato de los Bulls (el primero abarcó las temporadas 1991, 92 y 93; y el segundo se inició en 1996).

El párrafo anterior sirve como un resumen inicial de The Last Dance, miniserie de diez episodios que se puede ver en Netflix, que hace foco en la postrera etapa de Jordan en Chicago por un lado y da cuenta de sus inicios en el básquet universitario hasta unirse con el final de su carrera en el equipo que lo llevó a la gloria en la otra línea narrativa. El acceso total que los Bulls le dieron a un equipo televisivo de la NBA muestra imágenes de archivo inéditas más que atractivas, que fueron reflotadas hoy en día con el okey total de todos los implicados, entrevistas actuales incluidas. Dada la pandemia provocada por el Coronavirus la miniserie, cuyo estreno estaba programado para junio de este año, en coincidencia con el receso de la temporada de la NBA, fue estrenada a comienzos de abril y rompió todos los ratings: ya es el segundo documental más visto en la historia de la plataforma de streaming.

Decir que Michael Jordan fue el mejor basquetbolista de todos los tiempos, que cambió a la NBA para siempre y que influyó en la cultura mundial más allá del deporte no es para nada exagerado, y The Last Dance se encarga, con imágenes y testimonios (desde sus compañeros y rivales a Barack Obama, pasando por Justin Timberlake, Jerry Seinfeld o Spike Lee, por citar algunos), de reafirmarlo. Lo que gran mayoría de los espectadores, fans acérrimos incluidos, desconocían acerca de Jordan es su voraz apetito competitivo y sus ansias de ganar siempre a todo. Y todo incluye todo. Al ser una miniserie en la que el final es de público conocimiento (los Bulls se consagraron campeones de la NBA en 1998), la maldición del spoiler en este caso cae para aquel que anticipe el nudo de la historia. Por eso, y para beneficiar a una no ficción bien parecida y con un happy ending, los roles son claros y todos se lucen: Jordan como protagónico; Jackson, Pippen, Rodman, Steve Kerr y sus padres como secundarios; y Krause y los Detroit Pistons con Isiah Thomas a la cabeza como los malos perfectos (“Los odiaba, y los odio aún hoy”, dice Jordan por ahí).

El afán ganador de Jordan lo lleva a maximizar comentarios de contrarios (e incluso a inventarlos) y a maltratar a compañeros (llegando a los golpes de puño) para lograr una motivación extra acorde a lograr su objetivo. Su justificación es, a su modo, irreprochable: “Nunca le pedí a alguien algo que yo no estuviese dispuesto a hacer”. Y así como sus animadversiones pueden ser condenables, sus elogios (Pippen, Rodman, Kerr, Jackson, Magic Johnson y hasta su detestado Thomas como jugador) son sinceros. Pero todo speech queda reducido a la nada cuando se lo vuelve a ver en acción: ganando un partido de una serie final contra los Utah Jazz con fiebre, haciéndole 63 puntos en un partido de play off a los Celtics de Larry Bird y Robert Parish o dándole el pase gol a Kerr para que éste liquide una final, entre tantísimas otras jugadas. Se dice por ahí que Jordan logró toda su gloria en una era analógica: sin Internet ni redes sociales. La pregunta que quedará irresuelta es si está época 2.0 podrá lograr a un talento que lo suceda, con la casi nula privacidad de las estrellas. Lo que sí está claro es que faltará mucho para que aparezca un talento tan bipolar como el que contiene al Dr. Michael y a Mr. Jordan. El ying y el yang de un deportista inigualable.