Jorge Mario Bergoglio, conocido en todo el mundo como Francisco, ha culminado de moldear una Iglesia que en la Argentina se adecua a la perfección a la visión que tiene para la tarea de esta milenaria institución, que no es otra que la evangelización y salvación de las almas, como declara en sus estatutos. Y lo ha hecho trastocando el liderazgo eclesial, descabezando a los jerarcas que lo resistían desde sus días como arzobispo de Buenos Aires y figura influyente del catolicismo vernáculo.

Desde que el jesuita accedió a la sede petrina, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), el cuerpo colegiado que conduce a la grey católica en el país a través de 68 jurisdicciones (llamadas diócesis) incrementó sensiblemente su número de obispos, que actúan en el territorio como colaboradores estrechos del Papa en el gobierno eclesial.

Allá por 2013, cuando Bergoglio era el cardenal primado de la Argentina, la CEA contaba con 112 obispos, entre los activos y retirados (eméritos), sin contar aquellos a cargo de las comunidades cristianas orientales (llamados eparcas o exarcas). Siete años después, la cúpula episcopal se engrosó hasta contar con 136 miembros, de los cuales 43 han accedido a la cima de la carrera eclesiástica con este pontífice.

Teniendo en cuenta que más de una veintena se han jubilado en estos años, Francisco ha reconfigurado el perfil de un episcopado que muchas veces fue tildado de conservador y funcional a los gobiernos de turno. Las figuras más resistentes a su impronta y el modo de hablar al hombre de hoy, con los interrogantes que lo rodean, han sido suplantadas por otras que encarnan ciento por ciento su estilo pastoral.

Los soldados fieles

De costumbre, el nombramiento de los cabecillas eclesiales comporta un proceso que comienza con consultas a los mismos obispos y sacerdotes de la diócesis acéfala. La nunciatura apostólica (la embajada de la Santa Sede en cada país) eleva una terna y el Papa acepta habitualmente el candidato que le sugiere la Congregación para las Obispos, el “ministerio” a cargo de las nominaciones, siendo imposible conocer de primera mano a los más de 5000 mitrados dispersos por el mundo. En el caso de la Argentina, ese proceso no rige ya que Francisco “conoce el paño” y elige a dedo al clérigo que considera adecuado.

Bergoglio abandonó la máxima conducción del episcopado en 2011, tras dos períodos consecutivos como presidente. En su lugar fue elegido José María Arancedo, por entonces arzobispo de Santa Fe, de tono moderado y más bien reacio a las innovaciones. En cuanto el jesuita comenzó a vestir de blanco en Roma, el perfil dirigencial comenzó a trastocarse rápidamente.

El primer nombramiento episcopal fue el de Víctor Manuel Fernández. El cordobés, de 58 años, era por entonces el rector de la Universidad Católica Argentina (UCA) y el “teólogo de confianza” del Papa. Su ascenso a arzobispo sin la presión de gobernar una diócesis fue la jugada elegida por el Santo Padre para colarlo dentro de la conducción eclesial, donde su impronta pastoral y su alto perfil mediático incomodaban a los de mayor trayectoria. Fernández tiene un diálogo cordial con sindicatos y dirigentes de organizaciones sociales.

Asimismo, la vacante que Francisco dejó en la arquidiócesis de Buenos Aires no fue llenada con un obispo descollante ni por su vuelo intelectual, ni por sus dotes de gobierno. El jesuita desplazó a todos los que esperaban sucederle y en su lugar hizo traer de La Pampa a Mario Poli, un licenciado en servicio social apasionado por la historia y escaso interés por la política. La elección de un hombre al que la tarea encomendada superaba sus propias expectativas y capacidades fue la forma que Bergoglio encontró de seguir moviendo los hilos de la política (en sentido amplio) por control remoto.  Hoy día, nada de lo que suceda en el Gran Buenos Aires escapa la mirada de Roma.

El siguiente cambio rutilante demoró hasta 2017, cuando el episcopado adoptó como presidente al obispo de San Isidro, Oscar Ojea. Este prelado porteño, primo hermano de dos desaparecidos en la dictadura, tenía a su cargo la conducción de Cáritas y había sido obispo auxiliar al mando de Bergoglio en Buenos Aires. El alineamiento del resto de la cúpula fue automático.

Monseñor Héctor Aguer se retiró en 2018. Su perfil siempre chocó con el de Bergoglio

Monseñor Héctor Aguer se retiró en 2018. Su perfil siempre chocó con el de Bergoglio

Los desplazados de Bergoglio

La purga de opositores que allá por 2008 habían intentado cortar los lazos comunicantes de Bergoglio con Roma, en plena crispación con la Casa Rosada de Cristina y Néstor Kichner, no tardó en llegar.

En mayo de 2014, Francisco desplazó a José Luis Mollaghan de la arquidiócesis de Rosario, a la que había llegado luego de ejercer como secretario ejecutivo del episcopado. Alineado con el ala conservadora, complicado con severas denuncias de abuso de autoridad, el Papa lo quitó del camino “promoviéndolo” a un puesto menor en la Curia romana. Como reza el dicho, “los corchos se sacan para arriba”.

En noviembre de 2015 sucedió la remoción de Oscar Sarlinga, quizás el segundo caso más polémico de los que han requerido la intervención de Roma. Hoy con 57 años, Sarlinga fue en su momento uno de los clérigos más jóvenes en incorporarse al episcopado argentino como auxiliar de la arquidiócesis de Mercedes-Luján, teniendo solo 40 años. En 2006 fue ascendido a diocesano de Zárate-Campana, una jurisdicción eclesiástica que cubre el extremo norte del Conurbano, donde conviven la opulencia de los countries de Pilar y Escobar con cordones de pobreza.

En sus años de ascendente carrera episcopal, Sarlinga se había encolumnado con los obispos más conservadores, entre ellos el arzobispo platense Héctor Aguer, y había tejido buena relación con el empresario inmobiliario Jorge O’Reilly, la cabeza detrás del grupo Eidico, que siendo asesor ad honorem de Sergio Massa cuando el tigrense reportaba como jefe de gabinete de Cristina Kirchner, se había propuesto liquidar la influencia política de Bergoglio. En esa cruzada también se había embarcado otro amigo suyo: Esteban “Cacho” Caselli, embajador ante el Vaticano del menemismo.

Sarlinga terminó alejándose en 2015, cuando el descalabro económico en el que se encontraba la diócesis y la red de escuelas de esta dependiente no dio para más. Los sacerdotes se escapaban denunciado maniobras de abuso y malversación de fondos, e incluso el obispo fue acusado de mantener relaciones con hombres en un lujoso departamento que tenía en la zona norte de la capital.

Sin embargo, el “premio gordo” se aplazó hasta mediados de 2018, cuando su mayor contrincante, Héctor Aguer, por entonces arzobispo de La Plata, cumplió 75 años y se vio forzado por el Código de Derecho Canónico a poner su renuncia a disposición del Papa. La respuesta no se demoró y en su lugar asumió Víctor Fernández, que representa todo lo contrario por lo que Aguer tanto había trabajado.

Ya en 2016, Aguer era cada vez más resistido por su tono confrontativo y sus habituales columnas televisivas que se replicaban en la prensa escrita en términos de polémica. En una ocasión, denunció a propagación de una “cultura fornicaria” y advirtió que “la masturbación es animaloide”.

En los hechos, “la princesa episcopal” -como la llamaba Bergoglio en confianza con sus allegados- había sido dejada de lado en 2014 cuando perdió la conducción de la Comisión Episcopal de Educación Católica, lo que en los hechos sirvió para excluirlo además del Consejo Permanente, que integran una veintena de obispos que llevan los temas más urgentes de la vida eclesial a diario.

También Alfredo Zecca vio rodar su cabeza. El hoy arzobispo emérito de Tucumán saltó abruptamente de la UCA a conducir la principal diócesis del NOA en 2011, pese a la resistencia de Bergoglio y gracias a sus aceitados vínculos con el entonces nuncio de Benedicto, el italiano Adriano Bernardini. Zecca fue forzado a renunciar en 2017 aduciendo problemas de salud, luego de una penosa actuación para esclarecer la muerte del sacerdote Juan Viroche, que apareció colgado en su casa con señales de haber sido violentado por narcos que reprobaban su prédica.

Avances y retrocesos

En el camino, no todas las maniobras del pontífice resultaron exitosas. Si Sarlinga es el segundo caso más polémico es porque el jesuita debió poco después tragar saliva y aceptar la renuncia del entonces obispo de Orán, en el norte salteño, Gustavo Zanchetta. Este cura oriundo de Quilmes ya había sido resistido cuando fue promovido al grado episcopal por su estilo autoritario y su manejo poco claro de las cuentas. Tales protestas, protagonizadas por fieles laicos que habían tratado (y padecido) no bastaron para suspender la nominación. Incluso Francisco intervino pidiendo a la comunidad que lo acepte.

En agosto de 2017, Zanchetta abandonó intempestivamente sus oficinas y se refugió en la ciudad de Corrientes, antes de partir de improviso rumbo a España, donde adujo tener que someterse a estudios por un problema de salud. Poco después de partir, se reveló que su salida se debió a denuncias de abuso sexual contra los seminaristas que se formaban a su mando, y también por malversar fondos. En una ocasión amenazó incluso a un grupo de policías que lo detuvieron en un retén en la ruta y le impidieron seguir por no tener los papeles en regla.

También otros que se consideraban fieles a Bergoglio pagaron platos rotos. Jorge Lozano, expresidente de la Pastoral Social y ladero del entonces arzobispo porteño, descontaba con que Bergoglio lo haría su sucesor en Buenos Aires. Pero el mitrado que se había encolumnado con los ambientalistas de Gualeguaychú, los familiares de Cromañón y los desposeídos del Norte fue enviado en cambio a San Juan para suceder al arzobispo Alfonso Delgado, perteneciente al Opus Dei.

Tras remover recientemente al obispo de San Luis, Pedro Martínez Perea, por “diferencias pastorales” y enviar en su lugar a un cura del Conurbano, Francisco prácticamente ha removido a cuanto obispo pudiera tildarse de conservador. La “reserva de la ortodoxia”, o bien la intransigencia con la degradación cultural que la misma Iglesia denuncia apenas queda representada por un puñado de figuras que aún resisten. Ellas son el obispo de San Francisco (Córdoba), Sergio Buenanueva; el obispo de Villa María, Samuel Jofré (el último nombrado por Benedicto), y el titular de la diócesis de San Rafael, Eduardo Taussig.