El pianista de la calle cumplió su sueño

Carlos Suizer, el hombre en situación de calle que se hizo conocido por ser pianista, brindó un concierto solidario en el club Defensores de Belgrano.
Por: Mauro Fulco @maurofulco

Pobreza, la noche más fría del año, un piano, diez dedos talentosos y decenas de celulares. Si fuera un telegrama, esas serían las palabras elegidas para describir lo que sucedió con Carlos Suizer, quien cobró notoriedad luego de que se masificara su capacidad de darle a las teclas del instrumento y obtener maravillosas melodías. “El pianista de la calle”, lo llamaron. Pero a él no le gusta: “Estoy en situación de calle, pero no vivo en la calle”, aclara sin sutileza.

Después del estallido mediático, Suizer vio maquillada su cruel realidad diaria. Hace diez días que ya no duerme a la intemperie y las cámaras –incluso- le acercaron alguna oferta de trabajo, pero por el momento nada se concretó. Lo que sí pudo es cumplir un viejo anhelo: brindar un concierto.

El escenario fue el Club Defensores de Belgrano, con fuerte raigambre social y barrial, donde el pianista se presentó para un público de 150 personas compuesto en su mayoría por socios del club, vecinos de Núñez y compañeros en situación de calle. La entrada fue un alimento no perecedero y ropa usada que luego se donaría.

El concierto comenzó con «My Way», la canción que hizo famosa Frank Sinatra, y cerró con «Smoke on the water», de la banda de hard rock Deep Purple; en el medio hubo baladas, tangos y rock sinfónico.

Detrás del concierto, estuvo la mano del dirigente Diego Achile, precandidato a comunero por el kirchnerismo. A lo largo de la noche, el artista y el organizador coincidirán en recordar cómo fue su primer encuentro.

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En ese entonces, Suizer no era “el pianista de la calle” si no un hombre que dormía en García del Río y Cabildo, en la plazoleta que queda frente al Banco Provincia. “Una mañana cobré mi sueldo y crucé a hablar con ellos. El que camina el barrio los conoce. Y los muchachos que estaban siempre ahí me dijeron que junto a ellos estaba un pianista excepcional. Me recomendaron que lo googlee”, evocó Achile.

El dirigente buscó en internet y corroboró que se trataba de un artista talentoso. Regresó al día siguiente. “Le pregunté qué necesitaba. Por lo general te responden comida, ropa o mantas, pero la respuesta me dejó helado: me dijo que precisaba un piano porque necesitaba volver a vivir”.

https://www.youtube.com/watch?v=MkuiY-FCHOQ&feature=youtu.be

Seis meses más tarde, la noche más fría del año. Suizer recuerda que una vecina le recomendó ir a River, que allí le darían cobijo y le permitirían pernoctar.

En su memoria quedará grabado a fuego que un taxista no lo quiso llevar y que fue un auto importado quien acercó a él y a su compañero al club de Núñez, distante unas 20 cuadras de su ranchada usual. “Cuando entré, había 500 tipos que se mataban por una campera o unas zapatillas. Yo a lo único que atiné fue a tirarme encima del piano de cola”. La prensa, su talento y algunos celulares hicieron el resto.

“Odio la calle”. Esa sentencia la repetirá una y otra vez. “Ahora todos hablan del frío asesino, pero en unos meses se viene un calor asesino. La odio”.

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Hasta hace no tanto tiempo, Suizer vivía en pareja con una mujer. En cuentagotas desliza algunas pistas de su vida anterior: asegura que fue millonario, que tuvo cuatro casas, que importó equipos de audio desde Miami para revender, que luego tuvo un restaurant. Y que lo cagaron.

A regañadientes, dirá que habitaba un caserón en Belgrano R. Entre lágrimas se lamentará porque su (ex) amada no fue a ver su concierto.

El pianista es un vendaval. Con problemas de alcohol, consuelo y compañía para muchas personas en situación de calle, pasa de la risa al llanto y del estallido a la ternura. También esta afección espantó a algunas personas que se acercaron a ofrecerle trabajo. “Es difícil, porque cuando va cayendo la tarde se va deteriorando”, admiten los que le dan una mano.

Durante la semana previa al concierto, desde el club le pagaron un hotel familiar, vivió en la casa de un socio y luego en otro hotel. Una especie de concentración previa al evento. Y Suizer reafirma: “Yo no necesito ningún tipo de preparación para tocar. Soy un animal del piano y dejo la sangre sobre las teclas”.

Compositor además de intérprete, su obra predilecta se llama “Calma, tempestad”. Y se ve en la necesidad de aclarar: “En algunos medios dijeron que mi tema se llamaba ‘Calma y tempestad’ pero están equivocados, es ‘Calma, tempestad’. Es como decirle a la tempestad: ‘Aflojá un cambio, che”.

Antes del concierto, el pianista está inquieto, como ansioso. Merodea al piano como un león a su presa. Hasta que no aguanta más y se sienta a tocar. Sin aviso, sin formalismos. Antes del comienzo del show, Carlos Suizer toca “A mi manera”. Todo un mensaje.

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Con el anuncio del locutor y las adhesiones sociales, se encienden las luces. Y el artista se transforma. Señala a las cámaras, lanza besos, ostenta carisma. Y confirma su jactancia: al piano lo hace hablar. El público acompaña con palmas y con silencios en partes iguales. Se respira admiración y respeto.

En el intervalo, la organización reparte gaseosas y empanadas entre los presentes. Suizer aprovecha para sacarse fotos, dejarse felicitar y amenizar con los músicos del cuarteto “Unidos por la vida y el tango”, que hará algunos temas antes del segundo acto.

Los vecinos pasan y lo saludan. Suizer asimila el saludo y de inmediato agacha la cabeza, como si no estuviera acostumbrado al reconocimiento. Estos diez días pasaron con un vértigo pasmoso para él: “Sólo soy un pobre infeliz que toca el piano como los dioses. Lo hago hablar”, dice sin soberbia mostrando las yemas de sus dedos. Y agrega: “Tengo un bondi bárbaro en la cabeza. Lo único que hice fue tener frío”.

-Carlos, ¿dónde vas a dormir esta noche después del show?

La pregunta lo sorprende. Medita la respuesta como si masticara las palabras. Silencio de algunos segundos que parecen horas.

-Mmm, ya sé, en el mismo hotel donde venía durmiendo, porque esta gente no me va a dejar solo.

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