“Dentro del gran abanico que implica la desescolarización de los chicos hay dos grandes corrientesexplica Bárbara Kaplan (38), artista plástica y mamá de Nicolás que con ocho años nunca fue al colegio-. Están los homeschooling, que recrean la escuela en la casa, siguen la currícula de la institución, pero en el hogar y los unschooling, que tienen otra concepción filosófica: los niños vienen biológicamente preparados para aprender todos los conocimientos, así como aprenden a caminar pueden adquirir cualquier contenido sin que ningún adulto se los imponga”.

En la primera entrega de este informe conocimos historias de homescholing. Ahora es el tiempo de conocer las de unschooling, donde los chicos toman más decisiones por sí mismos.

Desde el nombre -el prefijo un en inglés signfica sin, y su traducción más lineal sería “desescolarizar”- esta modalidad es más controversial. A diferencia del homeschooling, aquí no se sigue el camino de la educación tradicional, pero en casa, sino que se opone a esa lo que entienden como una lógica disciplinadora. La educación se define en base a los intereses de los niños y, en algunos casos, los chicos no rinden exámenes en paralelo para pasar de grado en el sistema tradicional.

CASO 3: Fabiana Polenta (45, narradora oral), mamá de Nahuel (11) y Antú (3). Unschooling.

Fabiana Polenta, estudiando y hablando de literatura con su hijo Nahuel.

La vida de Fabiana Polenta (45) y su compañero los fue llevando a la desescolarización de los chicos. Ella se dedica a la narración oral y él es clown. Juntos tienen una compañía arte independiente, hacen espectáculos y dictan talleres de formación. Viajan todo el tiempo y se instalan en un lugar el tiempo que les dure el trabajo. Los primeros años con Nahuel (11) no pensaron que fuera imprescindible escolarizarlo. “Cuando se fue haciendo más grande fuimos probando en algunos jardines, pero no nos convencían. Nada nos parecía mejor que estar con él todo el tiempo, dice la mamá. Cuando Nahuel cumplió los 5 años, Fabiana se puso a investigar y encontró que muchas familias también optaban por educar en su casa. Como la mayoría, al principio pensó que era ilegal, pero en cuanto supo que no, no dudó en sumarse. “Primero arrancamos con estructuras rígidas, similares a las que había en la escuela y rápidamente nos dimos cuenta que no funcionaba. Nuestro estilo de vida tan dinámico se contrapone con esa modalidad. Entonces comencé a seguir los intereses de Nahuel. Cada inquietud que presenta la profundizamos y le acercamos herramientas para que entienda cómo todo se conecta. Es un aprendizaje diferente en el cual crecemos juntos. Es un camino muy activo y sin descanso”.

Nahuel en la biblioteca pública de Trenque Lauquen donde hizo su primera muestra fotográfica.

Y ese aprendizaje 24×24 se vio recortado cuando nació el más chiquito de la familia, Antú (3). “Con dos hijos los tiempos son otros y ahí fue que acudí al acompañamiento de Paula Lago, de Educo en Casa. Ella tiene una plataforma con una programación sugerida y muchas herramientas que nos allanan el camino. Lamentablemente nuestra elección genera muchos prejuicios y hasta enojos. Hay que entender que uno no está en contra de nada, solamente elegimos otra cosa. Nos esforzamos para que Nahuel reciba lo mejor y no le falte nada. Por eso cuando vienen del Consejo Escolar los recibo con total tranquilidad y charlamos de cómo está Nahuel y que está haciendo. Tengo la seguridad de que esta desarrollando al máximo sus capacidades de aprender. Nos enfocamos en que pueda resolver problemas en todo lo amplio que eso significa. También participamos a Nahuel sobre esta decisión de no mandarlo al colegio. La idea no era arrastrarlo, sino que el también pudiera elegir. Entonces charlamos y él llegó a la conclusión de seguir como estamos: unschooling.

¿Qué si es fácil? Claro que no: “es un desafío constante e implica no pasar por alto ningún espacio donde compartir. Hay crisis porque es distinto ser mamá y además tener la tarea extra de enseñar, pero lo vamos solucionando día a día, es una negociación constante. Este es nuestro camino, ocupa una parte importante de mi vida y es una gran responsabilidad. Es sentarse a estudiar con él todos los días. Si bien el año que viene Nahuel debería tener terminado 7mo grado no creo que lo hagamos certificar sus estudios en ningún colegio. De alguna manera si elegimos prescindir de la institución para que lo forme ¿por qué deberíamos recurrir a ella para que certifique un proceso educativo del cual no fue parte? Por ahora no lo vemos necesario. Hoy Nahuel es feliz, tiene sus amigos de karate y de dibujo y tiene un acercamiento al conocimiento súper libre”.

CASO 4: Bárbara Kaplan (38, artista plástica), mamá de Nicolás. Unschooling.

Nicolás (de buzo azul) con un amigo en Tierra Fértil, un espacio dedicado al unschooling.

“Llegamos al unschooling medio de casualidad– nos cuenta Bárbara Kaplan (38), artista plástica, fundadora de Mini artistas, un taller de arte para chicos y mamá de Nicolás (8)-. Si bien tanto mi marido como yo somos artistas, nunca nos habíamos cuestionado la escolaridad. Sin embargo, a raíz de una mudanza dimos con Tierra Fértil, un espacio de familias unschooling, una escuela autogestionada que brinda un lugar de encuentro para los chicos. Allí no dictan clases sino que el conocimiento es autodirigido por los mismos chicos”. Su hijo hace 3 años que arrancó en este espacio y hoy cuenta con cinco compañeros.

“Sinceramente he comprobado que el aprendizaje adquirido de esta forma es mucho más profundo y arraigado. Personalmente siento que lo estoy liberando del adoctrinamiento que impone la escuela, que, para peor, replica cada vez más los problemas de la sociedad. Estoy convencida de que este es el camino”, afirma mientras detalla que Nicolás por el momento no rindió examen en ningún colegio, pero que tal vez lo haga más adelante en la Ciudad de Buenos Aires. “Hay una comunidad de gente que no lleva a sus chicos a la escuela y está creciendo. ¿Por qué? Porque cada vez hay más chicos que la pasan mal en el colegio. Y si bien Nicolás asiste a Tierra Fértil de 13 a 17, Bárbara se ocupa durante el resto del día de acompañar sus inquietudes. “Yo no replico la escuela en mi casa y el espacio al que el asiste es completamente diferente. Por ejemplo, ellos comparten una computadora y la usan según las normas que ellos mismos discuten en asamblea. Saben que la libertad implica un compromiso con los demás y siempre lo respetan. Claro que a veces sucede que si están usando la computadora para alguna investigación, por ejemplo ahora están programando, de repente se pasan a Youtube y se ponen a ver algo que les gusta. Pero esta distracción no les lleva más de 10 o 15 minutos, después regresan a lo que estaban haciendo. Juegan un rato porque saben que está permitido. Lo mismo le sucede en casa, usa la playstation, pero no se le genera una adicción, está disponible y no hay desesperación, asegura a la vez que se hace cargo de la mirada prejuiciosa que pesa sobre su decisión de no mandar a su hijo al colegio. Siempre están las ganas de evaluarlo, saber si está atrasado con respecto al resto y reconozco que estamos atentos. Nicolás tiene todos sus primos escolarizados y si bien no los comparo, estoy súper relajada. Sé que el conocimiento le va a llegar. El año pasado, por ejemplo, Nico estaba en la casa de mi mamá con uno de sus primos que tiene la misma edad. Era mayo y el primo pintaba un Cabildo, Nico no tenía ni idea qué era el Cabildo. Entonces mi mamá le explicó y hasta lo llevó al Cabildo para mostráselo. ¿Viste? El conocimiento le llegó de otra forma”.

Por ahora Bárbara no se preocupa por el futuro:  “Más adelante decidiremos con él sobre el secundario. Ahora casi no hay opciones, capaz en un par de años haya más. Por el momento disfrutamos de este espacio donde se privilegia la diversidad de intereses. ¿Por qué hay que imponer un conocimiento sobre otro? Si al chico le gusta la música va a llegar a la matemática a través de ella. Las escuelas tradicionales aplacan la curiosidad.

Carolina Rodríguez Brea (23), educadora de Tierra Fértil.

Carolina Rodríguez, trabajando en Tierra Fértil.

“Me acerqué a la educación alternativa cuando tenía 17 años y vi el documental de La educación prohibida, de Germán Doin. No obstante me puse a estudiar para ser docente. Primero en el Eccleston, para educación inicial, y después en el Normal 7, para primaria. Mi idea era recibirme, pero transitando esa etapa de estudios fui descubriendo que no existía nada que se saliera de lo que era la educación tradicional. Entonces buscando algo más libre llegué a Tierra Fértil. Enseguida me gustó cómo se manejaban con los chicos y en 2017 comencé a trabajar como voluntaria. Dejé mis estudios y empecé una formación alternativa y autodidacta. Para 2018 me ofrecieron ser la educadora que está todos los días con los chicos. Mi rol es saber qué le interesa a cada uno y poder acercarle herramientas para que desarrolle y amplíe ese conocimiento. Al no ser una clase tradicional todos se ayudan entre sí. No hay desorden, sí un movimiento constante. Lo que más me atrapa de este modelo, no es solo es la capacidad de aprender que tienen los chicos sino la manera en que resuelven los problemas, en asambleas y hablando del tema. En las escuelas tradicionales estos espacios no existen. Cuando hay una pelea lo más común es que un adulto intervenga y listo. No hay tiempo para el diálogo”, explica Carolina que si bien no terminó sus estudios formales, hoy se perfecciona permanentemente: “Hago minicursos vivenciales o de pedagogías alternativas. Además, me formo según los intereses de los chicos, por ejemplo, ahora estoy en una plataforma online de programación donde tenés que rendir examen. Y, por supuesto, me nutro con muchísima lectura”.