Argentina, 1985: una película importante

El filme de Santiago Mitre, que recrea el juicio a las juntas militares de la última dictadura militar y protagoniza Ricardo Darín, representará a nuestro país en los Premios Oscar. Y está bien que así sea.
Argentina 1985
Créditos: Argentina 1985
Por: Pablo Strozza

“Una película necesaria”. Palabras más, palabras menos, esos tres términos fueron utilizados a la hora de que la crítica de cine pusiera por escrito su opinión sobre Argentina, 1985, de Santiago Mitre. Y ese análisis no deja de ser un cliché espantoso. ¿Por qué es necesaria esta película y no Top Secret! (1984) de David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker? ¿Por qué el filme de Mitre toca un tema “serio” y Top Secret! es una comedia que hizo estallar de risa a varias generaciones? ¿Por qué es más “necesaria” la reflexión que la risa? ¿Quién tiene la suficiente autoridad moral para decir que es lo necesario y lo que no lo es?

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Mejor, entonces, pensar a Argentina, 1985 como una película importante en la historia de la cinematografía de nuestro país. Una película que cuenta, con todo el rigor histórico posible y con alguna licencia cinematográfica más que permitida, el juicio por crímenes de lesa humanidad a las juntas militares que comandaron los destinos políticos y sociales de este territorio entre 1976 y 1983, y que representará a nuestro país en los Premios Oscar. Y está bien que así sea. Un filme que indaga en la psiquis y en las historias personales de quienes llevaron a cabo las acusaciones: los fiscales Julio César Strassera (Ricardo Darín) y Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani), más su equipo de jóvenes ayudantes. Que recrea la época de un modo impecable e irreprochable, ya sea desde lo político hasta los usos y costumbres del momento. Y que emociona sin caer en golpes bajos, con un final que todos conocemos. Argentina, 1985 atenta contra la maldición del spoiler: así como todos conocemos el final trágico de Romeo y Julieta, todos sabemos que en el alegato final Strassera dijo “Señores jueces: ¡Nunca más!” y que Videla y Massera fueron condenados a prisión perpetua. El tema, como siempre, es saber y entender el cómo.

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Más allá de lo histórico, una de las cuestiones más interesantes del filme son sus sub tramas internas, y sus respectivas resoluciones. La relación de Strassera con su esposa y sus hijos, la de Moreno Ocampo con su madre y su familia militar, la de uno de los chicos del equipo de la fiscalía con su padre, íntimo amigo de Strassera, son llevadas por el guión de una forma que respeta un modo de narración cinematográfica clásica (John Ford, Frank Capra, Clint Eastwood, Francis Ford Coppola) y ese es uno de los grandes aciertos: ante una resolución que el espectador conoce de antemano, crear tensión con los personajes secundarios, que apuntalan la historia y hace que el dúo de actores principal (Darín y Lanzani, en dos roles memorables) se luzcan para potenciar el trabajo de todo el conjunto.

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Los testimonios del juicio, algo que también sabemos de antemano, son terribles. Ahí está la magistral interpretación de Laura Paredes, en la piel de Adriana Calvo de Laborde, y su relato de cómo parió a su hija en cautiverio. Para contrarrestar esos testimonios reales y no caer en un cuento solemne y de bronce, el guión de Mitre y Mariano Llinás apela en varios momentos al humor como una suerte de licencia lícita, si tenemos en cuenta que sobran los relatos que describen a Strassera como un tipo distendido y bromista. Todo lo relacionado a su familia (el noviazgo de su hija, los comentarios de su hijo, las filosas apreciaciones de su esposa) hace que el subibaja de emociones que sí o sí plantea la historia desde lo real tenga un vértigo menor al de una montaña rusa de un parque de diversiones.

La primera persona que subió al estrado a prestar declaración ante el tribunal, en la película y en la vida real, fue el ex presidente provisional Ítalo Argentino Lúder. A Lúder se lo indaga, por supuesto, por el término “aniquilación” en el decreto del año 1975 con su firma, que le da esa facultad al ejército para combatir a la guerrilla subversiva. Palabra de la que la defensa de Videla y compañía se agarra a la hora de justificar la represión ilegal. Ante la pregunta de Strassera, Lúder se despega: claro que “aniquilación” no significa dar carta libre a todos los secuestros que posteriormente llevaron a cabo los militares en su gobierno de facto, y las torturas y las vejaciones que sufrieron los sobrevivientes y los desaparecidos. Allí queda reflejado el tono ideológico de Argentina, 1985. Hay muy pocas menciones al peronismo, porque el peronismo no fue parte de este proceso judicial. Y si bien la figura de Alfonsín sobrevuela la narración (y hasta se encuentra fuera de campo con Strassera, en una cita al final de El Padrino I), su ministro Antonio Tróccoli no sale para nada bien parado. La clave es la charla de Strassera con su mujer tras su meeting con el presidente, donde se habla de “independencia de poderes”. Un concepto fundamental, ayer, hoy y siempre, para fortalecer cualquier sistema democrático, aquí, allá y en todas partes.

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