Hasta los 24 años de mi vida no garché. Y hasta ese momento, e incluso por un tiempo más me imaginé peronista: por lo que me contó mi padre que representó en su niñez Evita y Perón; por el Frigorífico de Monte Grande adonde trabajó él, mi abuelo y mi tía. Por las conquistas obreras ganadas que me llegaban de primera fuente.

La idea que un líder político haya generado la posibilidad concreta de que mi abuelo compre, con su propio dinero, la casita rosa que quedaba en frente del Frigorífico me parecía potente e inspiradora. Pero más acá en el tiempo, mi madre habia podido sumar a la sociedad conyugal una casa comprada con un crédito y a los 26 era casi propietaria.

Nada sin esfuerzo en lo que cuento en estas líneas: mi mamá trabajaba de lunes a viernes en la tradicional una fábrica de telas AMAT y los fines de semana sumaba ahorros peinando a las chicas del barrio. Era peluquera de oficio.

Entonces, si mi abuelo había podido y mi madre tambien nuestro futuro sólo era crecimiento. Trabajo y premio. Así que, trabajé. Estudié. Hice changas. Creí en un Dios que me permitió protegerme de las tristezas y  soledades que me cercaban.

Pero no garché hasta los 24.

Trabajé mas pronto de lo que ahora me entero que me hubiera convenido. Trabajé porque me enseñaron a soñar con tener cosas propias, y por la libertad que te da la economía, sobre todo, siendo mujer. La importancia de la independencia económica de una mujer en una sociedad patriarcal fue una de las masterclass de la crianza de mi mamá.

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Trabajé muy pronto, les decía, pero no porque fuera pobre. Éramos de clase media, laburantes pujantes con el éxito que decanta tanto esfuerzo. Pero yo quería lo mío. Y fui a por ello.

Ya en esa época -los 80 y los 90-, el Conurbano era, en términos de Sabrina Frederic, divertido. Muy divertido. En nuestros negocios en Monte Grande, en la casa y en entraderas del garage nos habían afanado a punta de revolver, una 38 y armas reglamentadas 5 veces.

La más traumática fue cuando se llevaron a mi mamá en el auto y nosotras nos escapamos para buscar a papá. El salio perturbado y disparó dos tiros al aire -todos los comerciantes en esa época tenían un arma escondida- y, milagrosamente, la habían largado a mi mamá minutos antes.

Entre la «diversión» y el trabajo, me aferré a una fe que tenía como dogma la sexualidad reservada para el matrimonio. Por eso no garché durante ese tiempo.

Ahora, me separan 20 años de un pibe de 26.

No creo que garchar o no hacerlo sea un tema para nuestros jóvenes. Si tenés ganas y sos joven, ¿hay algo más fácil? ¿Es un plus ir por la vida de sexón si tenés que acostarte en la habitación que usabas de chico porque no tenés la más pálida idea de cómo independizarte de tus viejos?

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Yo creo que nada de eso es inspirador, ni aspiracional. Ahora bien, trabajar y estudiar en tu propio departamentito rentado, y ahí tener sexo o amigos o escuchar música, eso sí que es aspiracional. Pero justo eso, ni mas ni menos, es lo que los jóvenes de hoy no tienen.

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Así que Victoria, capaz para vos sí el sexo y el amor fue una inagotable fuente de progreso. De respaldo.

Pero no está bueno como mensaje, porque la mayoría de las pibas no se enamoran del dueño de la publicidad callejera del AMBA. Y porque el sexo no es un “problema”, pero sí genera mucha angustia no poder salir de casa.

No poder crecer. Ni estudiando.

La puta madre. País de pocos. Para pocos. Oportunidades boutique, aptas para los más resilientes o para los chicos de clases altas. Con mucha autoestima, que no sea flojito como para bajonearse en el noveno rechazo laboral, eh!. acá en el país divertido y garchador hay que ser muy fuerte para seguir creyendo en vos. Y eso no es divertido y no da risa.

Cuando escucho a los funcionarios ‘cancherear’ sus dichos de campaña para parecer pendejos, me resulta sumamente cínico. Y basado en una idea que subestima las inquietudes de los jóvenes.

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En el hoy, garchar no es un tema. Laburar de lo que querés, encontrar la oportunidad e independizarte, sí. Y no se resuelve con discursos berretas y menos con reparto a granel de planes.

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